✩Andrés Cuesta Sacristán✩ para Internet Core II.
Partiendo de mi propio trabajo, de mis referentes y de mi archivo personal, haré un breve recorrido por la naturaleza y el imaginario común de internet. Un intento por explorar las corrientes que emergen desde su interior y las configuraciones estéticas que aparecen al mirar el mundo a través de la red, las cuales, creo, que debemos aprender a cuidar.
Yo soy Andrés. Pero mi ‘yo virtual’, ese que se compone de todos los restos y huellas digitales que he ido dejando desde mi primer blog, tiene otro nombre: Azel. Ese doppelgänger inmortal que habita en internet es el avatar a través del cual decido explorar los jardines digitales.
Veía importante partir de mi propio trabajo porque gira, en gran medida, en torno a los mundos comunes que surgen del imaginario de internet, y la expresión cultural que surge de su interior, como ocurre con estéticas como el ᗯ𝙚i𝙍Ժင𝑶𝙍𝙚 o el liminalcore. En estos proyectos, algunos desarrollados junto a Julia Monge, recurro a técnicas de apropiación como el collage, la remezcla y la reutilización de imágenes. Este proceso me ha llevado a generar archivos inmensos, compuestos por todo aquello que, de alguna forma, logra captar mi atención.
De ahí surge un gran interés personal por el ARCHIVISMO.
Abogo por lo que me gusta llamar el coleccionismo de “mierda digital”: la creación de un archivo real de nuestras experiencias en internet. Descargar una imagen de un blog perdido, una guía de un videojuego que te marcó, o incluso capturas de la publicidad que aparece en YouTube… Todo eso, aunque parezca banal, tiene valor. Estas imágenes funcionan como recuerdos, del mismo modo que lo hacen las fotografías que tomamos, nos ayudan a reconstruir vivencias y terminan conformando un gran archivo de nuestras pequeñas obsesiones.
A través de este mind-uploading selectivo y del archivismo de digital trash que ocurre cuando habito Internet, se conforma mi pequeño álbum imaginal, un dispositivo que le da sentido a mi experiencia online, del mismo modo que mis fotografías ordenan mi vida tangible.
Y es aquí donde quiero poner el énfasis en cómo la New Aesthetic (ese concepto formulado por James Bridle en 2012 y archivado en un Tumblr todavía accesible new-aesthetic.tumblr.com), junto con otras configuraciones estéticas que se generan al mirar el mundo a través de internet o de los videojuegos, han terminado moldeando nuestra percepción. En mí, y en muchos tecno-nativos, ha formado un gusto estético desarrollado a través de la máquina. Soñamos con espacios de videojuegos. A veces nos recordamos en tercera persona. O llegamos a percibir los píxeles como si fueran parte del propio tejido de la realidad. Estos espacios digitales también moldean la memoria. Todos estos espacios digitales terminan formando también nuestros recuerdos.
De ese impulso nació myroom.world, el proyecto que hice junto a Julia, donde construimos la guía de un videojuego que realmente no existe que plantea la inmersión en el subconsciente de una infancia tecnonativa.
Es como surgen estéticas propias de internet, como lo c̷u̶r̸se̶d̸, el traumacore o las backrooms, intentos de explorar esos recuerdos extraños que compartimos como generación. Me interesa especialmente cómo, a través de estas microestéticas, buscamos dar forma a un imaginario colectivo difuso.
Internet fracturó a las personas en subculturas de nicho, sin reglas iconográficas fijas, que fueron construyendo nuevos imaginarios. Estas estéticas funcionan como mapas afectivos de la vida online. Son modos de sensibilidad antes que algo estético. No son “estilos trasladados al internet”, sino expresiones nacidas de su materialidad, de su propia materialidad // como los códigos, los glitches, los renders //, de sus lógicas // como el scroll infinito, el archivo, el hipertexto // y de sus propias temporalidades.
Es una estetización de la mediación digital en sí misma, donde nuestros recuerdos se funden con la vida online, con la virtualidad. De ahí esa sensación de liminalidad como cuando soñamos con arquitecturas vacías y espacios intermedios, lugares que parecen estar a medio camino entre lo real y lo puramente hecho de datos. Territorios extraños y familiares a la vez.
En este punto conviene revisar cómo hemos llegado hasta aquí. Hemos perdido muchos de nuestros espacios digitales, estos se han convertido en grandes almacenes cibernéticos. Antes, podríamos decir que existían esencialmente dos tipos de internet.
Uno era profesional, corporativo, pensado para el consumo masivo y utilizado por entidades.
El otro era 𝓹𝓮𝓻𝓼𝓸𝓷𝓪𝓵, consciente, destinado al consumo individual y 𝒖𝒔𝒂𝒅𝒐 𝒑𝒐𝒓 𝒑𝒆𝒓𝒔𝒐𝒏𝒂𝒔, como juegos de chat online, blogs y foros.
Ese internet parpadeaba, brillaba, y en gran parte estaba hecho con una intención naif, por la necesidad de conectar. No me refiero a una visión positivista como la que luego se planteó con la Web 2.0, sino por las formas curiosas de establecer diálogo y la libertad de explorar espacios nuevos y extraños.
Ese segundo internet prácticamente lo hemos perdido. El primero lo absorbió. Y ahí empezó la cuesta abajo. Ya no bastaba con tener una página personal que se actualizaba cuando uno quería. El entorno se transformó en un negocio. Horarios de publicación. Marca personal. Ritmos impuestos para satisfacer algoritmos.
Con plataformas como tumblr o pinterest apareció una una self-curating de una “vibe” y no tenía tanto que ver con tu vida personal como un blog, facebook, instagram, twitter… No era tanto sobre quien eras sino que tenía una cualidad expansiva, de crecimiento exponencial (al contrario que los blogs) porque todo puede ser rebloggeado y el ciclo de vida de un post se siente como un juego de azar de una forma que no se sentía en ninguna otra plataforma.
La pérdida de la capacidad de customización coincidió con una pérdida de agencia y de autosignificación. Y en este tránsito podemos observar cómo también ha cambiado la manera en que entendemos la estética en internet y cómo construimos nuestro yo virtual. Pasamos de las tribus urbanas, a las aesthetics, y finalmente a la mega-proliferación de los “-cores.”
tribu urbana → aesthetics → -cores
Tribus urbanas (2000s): comunidad/social + música + valores/política → identidad colectiva
Cultura del blogging, búsqueda de lo DIY y espacios comunes, como comunidades online. Ejemplo: emos en MySpace.
Aesthetics (2010s): internet + imágenes + emociones → identidad visual.
Curación de la vibe (self-curating), personalización y unión entre identidad y estética.
relación trauma-estética (como el kinderwhore o el morute)
Nacidas en Tumblr, viralizadas en Pinterest y reproducidas en otras redes. Generando un ciclo bastante largo de reproducción.
Cuentas anónimas, de las cuales no sabíamos cómo eran pero teníamos una idea de quiénes eran por lo que compartían, basado en imágenes y en música (más en soundcloud).
“-cores” (2020s): TikTok + nichos + microestéticas → identidad fragmentada y personalizable.
Cápsulas estéticas, más asociadas al hiperconsumo que a la comunidad, pero que mantiene esa propuesta de imaginario común.
Hipertrofia estética: la digestión infinita de micro-estéticas que el capitalismo los vacía de sensibilidad y convierte en productos. No tienen porqué reflejar nada personal más allá de un gusto.
Vaporwave, Mallwave, Y2K, Frutiger Aero, Cybercore / Netstalgia, Glitchcore, Cybergrunge, Post-internet Art, New Aesthetic, Liminalcore, Backrooms, Poolcore, Weirdcore, Dreamcore, Traumacore, Kidcore, Clowncore, Goblincore, Cottagecore
Necesitamos replantear nuestra relación con internet. Ir más allá del optimismo ingenuo y del pesimismo catastrófico. Surge entonces una pregunta inevitable:
¿ha muerto internet, o lo que sentimos es simplemente netstalgia?
Durante años se creyó que Internet would save us! (que internet nos salvaría). Pero hubo un cambio en los 2010’s hacia un pesimismo tecnológico que gritaba Internet would destroy us! (de la mano del doomscrolling, las culture wars y la rareza de las relaciones parasociales).
Puede que hayamos cambiado el idealismo por el realismo, aceptando el internet actual tal como es, y sentimos la necesidad de dar un paso más allá de esa dicotomía, y aprender a relacionarnos con internet de un modo más sano y esperanzador. No se trata de ingenuidad ni de catastrofismo, sino de construir juntos un mundo digital común. Y eso hoy se gesta sobre todo en las microcomunidades de la cozy web, en espacios donde aún es posible el cuidado y la agencia y donde se construye una infraestructura digital para cambiar el status-quo.
Ejemplos de resistencia ya existen con comunidades como itch.io, o el fenómeno del web revival en plataformas como Neocities que con proyectos como el de Melonking, muestran que todavía es posible reapropiarnos de la red, crear rincones personales que desafían las lógicas de los algoritmos. Incluso plataformas como Discord, cuando se usan desde intereses genuinos, permiten reconstruir lazos y afinidades como ocurre con el proyecto de Netsequé.
Plataformas como Are.na o proyectos de plataformas como Do Not Research plantean formas de investigación alternas, creativas y personales que dan cabida a formas de comunicación que latían en los orígenes de internet y de las cuales parecía que nos habíamos olvidado.
El aprendizaje, es que debemos esforzarnos en cultivar estos pequeños espacios digitales donde recuperemos la agencia y la auto-significación que alguna vez tuvimos.
Quizás la pregunta no sea tanto si internet ha muerto o si todo esto es solo netstalgia. La verdadera cuestión es: ¿estamos dispuestos a dedicar tiempo y cuidado a mantener estos jardines digitales vivos? Porque, como todo jardín, requieren esfuerzo, paciencia y la voluntad de seguir habitándolos.
✩Andrés Cuesta Sacristán es un artista multimedia que reside en Valencia. Su trabajo parte de una mirada crítica al post-Internet como espacio propositivo, apropiándose de los códigos del entorno digital para construir mundos especulativos. A través del worldbuilding, reflexiona sobre las identidades que habitan la red como un medio real, con sus contradicciones, tensiones y futuros posibles. Su práctica suele desarrollarse en tándem con otras personas, desde un enfoque transdisciplinar que valora la colaboración y lo comunitario como eje fundamental del proceso creativo y de pensamiento. Es titulado en Ilustración por la Escuela de Arte de Oviedo (EAO), graduado en Bellas Artes por la Universitat Politècnica de València (UPV) y actualmente cursa el Máster Universitario en Artes Visuales y Multimedia en la misma universidad. Ha sido becario del Dpto. de Escultura y ha recibido reconocimientos como el Premio al Mejor Estudiante Universitario (XXIV) y el Premio Capitanía General de Valencia (2025).